COSMOGONÍAS/TEOGONÍAS




Hace poco más de dos semanas que han comenzado las clases y una parte del alumnado de 1.º de Bachillerato se ha visto abocado a sumergirse en el maravilloso laberinto de la Literatura Universal. ¿Universal? ¿Y por dónde empezamos? Pues por el principio. En efecto, una de las primeras actividades del curso ha consistido en hablar sobre el origen del mundo, los hombres y los dioses. No ha sido fácil imaginar otras explicaciones para otro tipo de mundos posibles, pero ahí va una pequeña muestra. 

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Después de crear el mundo, cuando todos los dioses ocupaban cada uno su lugar para llevar a cabo las tareas que les habían sido encomendadas, las hijas de Gea y Urano, las ninfas, cogieron el mando de todo. 

Cuando las mujeres y los hombres ya adoraban a los dioses y rezaban a cada cual para conseguir mejores cosechas y más felicidad; Poseidón, el dios del mar, cuidaba y protegía a los pescadores mientras Zeus, el dios de dioses, y Ares, el de la guerra, se encargaban de que los humanos que pisaban la tierra los humanos estuvieran sanos y salvos. 

Con el tiempo, los dioses fueron debilitándose uno a uno: cada vez iban teniendo menos fuerza hasta que al final se les agotaron y ya no pudieron cuidar ni proteger más y tampoco sintieron el rezo tenue de los hombres y mujeres. 

Entonces fue cuando las ninfas se hicieron tomaron el poder. Se encargaron de repartirse las pesadas tareas del mundo y poder cubrir el vacío de los dioses, para que el mundo no se terminara y los humanos siguieran estando a salvo como lo habían estado antes. 

Finalmente, cuando ya llevaban un tiempo realizando cada una su función, la gente se empezó a dar cuenta de que ellas servían mucho más que ellos: eran más rápidas, estaban más atentas y nadie en el mundo, ni mujer ni hombre, podía estar más feliz de que las mujeres se hubieran vuelto tan poderosas. 


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Hay historias que explican quiénes son los dioses y lo que han creado. Esta es una de ellas. 


Se dice que había un grupo de niños cada uno con una forma de ser. Uno brillaba mucho como si desprendiera luz de su cuerpo y siempre vestía de blanco; otro niño, que siempre iba junto al primero, tenía los ojos más azules que nadie podría haber visto y siempre iba acompañado un tenedor. Había tres chicas con ellos: dos de belleza insuperable y la tercera, que era la más rara porque tenía algo peculiar siempre, llevaba toda la cabeza cubierta y solo dejaba mostrar sus ojos, del color y la textura de la piel de serpiente. Por último, acompañaba al grupo un niño sobre el cual nadie hablaba, ya que él nunca se hacía de notar: iba siempre separado del resto de niños ellos y, donde él iba, siempre había maldad, enfado, oscuridad y sobre todo miedo. 

Cuando los niños fueron creciendo, se dieron cuenta de que podían controlar algunas cosas de la tierra, cada uno algo peculiar. El niño del tenedor podía controlar el agua y cuidar a la gente que entraba en ella. Una de las dos chicas podía hablar con los animales y se le daba muy bien luchar: cuando peleaba con sus hermanos, siempre ganaba ella. La otra chica, al contrario que esta, no le gustaba la guerra: era todo sabiduría y amor, y disfrutaba cuidando de los suyos.
 
El otro hermano que quedaba sentía que podía hablar con los muertos: veía espíritus y hablaba con la gente del más allá. Sin embargo, el más poderoso era el que podía controlar la luz y la oscuridad. 

Al cabo del tiempo se dieron cuenta de que ellos eran quienes controlaban todos esos aspectos de la vida en la tierra y sabían que, cuando ellos murieran, todo lo que controlaban también desaparecería. 

Entonces, decidieron morir con sus poderes: el niño del mar se ahogó y de su cuerpo nacieron animales marinos e islas. La chica de la naturaleza se enterró y de su pelo salieron árboles, plantas y más animales terrestres. La de la sabiduría y el amor saltó desde una montaña y en el lugar donde cayó salieron casas para familias. La chica más rarita se quitó la banda de la cabeza y de ahí salieron unas serpientes con el poder de convertir en piedra a quienes las miraran: de esos ojos salen todas las estatuas que ahora contemplamos. El más poderoso se cortó por la mitad y entonces apareció la noche y el día y el último chico se cortó el cuello: la sangre que soltaba brotó de su garganta fue a parar a algunas personas y de ahí nacieron el mal, la tristeza y la depresión que conocemos. 

Antes de que todo fuera caos, penurias, desgracias y hambrunas, nació Ibin, hija del dios de la guerra Ares y de una bella mortal. Ibin creció en secreto, siempre intentando no ser descubierta por nadie. Ibin jamás supo el porqué de su situación, nunca supo quién era su padre ni madre, nunca supo tampoco porqué fue criada en secreto en un gran monte por una pastora. Lo único que quería era ser como los demás mortales y vivir feliz. 

Un día, ella, entristecida por cómo vivía, mientras caminaba por le campo llorando, vio cómo de repente comenzaron a surgir árboles, tan rápido como el viento corría, a cada paso que daba: grandes árboles de dulces frutos que podrían alimentar a todo un pueblo por siempre. Ibin, aturdida por lo que había pasado, volvió corriendo desesperada a su pequeño hogar. Lo que no sabía era que un pastor la había visto desde lejos: había visto cómo a cada dos pasos que daba la niña, grandes árboles crecían. El pastor, ilusionado, corrió la voz por todo el pueblo. La gente intentaba encontrar a esa niña de cualquier manera, para así, egoístamente, aprovecharse de ella. 

Al cabo de un tiempo, tras buscar, buscar y buscar, sin saber cómo, dieron con ella. La raptaron y la usaron para que, con sus dulces lágrimas, pudieran ellos tener una gran plantación de la que alimentarse. Ibin, sin entender cómo sus lágrimas podían hacer algo así, tuvo que aceptar que sería “esclava” de aquel pueblo hasta el fin de sus días, para siempre. Las familias del pueblo jamás comprendieron cómo aquella dulce niña podía hacer eso. Unos querían acabar con su vida, ya que creían que era brujería, otros la adoraban como a una nueva diosa, a muchos otros les dio igual, solo querían estar bien alimentados. 

 Ares, su padre, al ver cómo tenían en esas condiciones a su pobre hija y cómo solo se aprovechaban de ella, decidió tomar venganza de aquel pueblo. Una noche, cuando todos bailaban y celebraban felices, disfrutando de los jugosos frutos de aquellos enormes árboles, mientras Ibin permanecía encerrada en un cuarto húmedo y oscuro bajo tierra, aparecieron de la nada, seiscientos hombres. Seiscientos fornidos hombres armados que arrasaron con aquel pueblo de una manera atroz en un abrir y cerrar de ojos. Los pocos que sobrevivieron jamás lograron entender qué fue lo que hicieron mal para merecer semejante cosa. Ares hizo ascender a Ibin al Olimpo, para así, a su lado, vivir feliz y plena, dejando atrás aquel ahora destruido pueblo, donde poco a poco, los pocos supervivientes irían muriendo de hambre, siendo su castigo que esas tierras jamás volvieran a ser fértiles y jamás volvieran a dar ni un solo alimento.

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