PREMIOS LOBERA 2021


Y como no podía ser de otra manera, ya está aquí otra edición del concurso literario más longevo de nuestro instituto: los Premios Lobera. Unos premios que, año tras año, pretenden fomentar la creación literaria y animar a nuestros alumnos y alumnas a lanzarse a la maravillosa e impredecible aventura de la escritura. Y este año tenemos el placer de contar entre nuestros textos premiados a escritores y escritoras muy jóvenes que nos demuestran, una vez más, que la creatividad está llamado a nuestra puerta...

¡ENHORABUENA!







EL APOCALIPSIS SE ACERCA… 



Me desperté bruscamente, ojiplático, alargué y balanceé aparatosamente los brazos en un intento de aferrarme a algo sólido, consiguiendo solo remover las pequeñas motas de polvo que flotaban impasibles alrededor de la estancia.

Miré frenético a todos lados en un intento fallido de descifrar lo que estaba ocurriendo, extrañamente no recordaba nada. Necesité unos largos segundos para darme cuenta de mi repetida e incansable respiración, húmeda y jadeante, mi corazón palpitando con una fuerza arrolladora y la larga y caudalosa catarata de pegajoso sudor que recorría mi espalda como las aguas bravas de un río. 

Me levanté con una flexión nada natural y dejé escapar un largo y pesado suspiro en un intento de desenredar mis complicados y borrosos recuerdos. 


Maldecí por lo bajo, al notar una descarga de frío momentánea, subir incansablemente por mi huesuda pierna, solo entonces me di cuenta de que había pisado las oscuras fauces de un gran charco de agua fruto de las goteras del maltrecho techo. Inmediatamente, retiré con un movimiento algo brusco e involuntario mi pierna, golpeándome con la cabeza en la pared a mis espaldas, obligándome así a frotarme el lugar de donde provenía ese dolor ardiente y a dirigir la mirada hacia el suelo, otra acción involuntaria a la par de estúpida.

Aparté la mano al ver mi imagen reflejada nítidamente en el agua. Me dediqué una amortiguada sonrisa nada forzada al vislumbrar mi descuidado aspecto, en el que predominaban unas acentuadas ojeras y una barba prematura, confeccionadas sutilmente no por incontables horas perdidas de dulce descanso, sino por alguna duermevela ocasional.


Pero ello iba a cambiar, lo presiento, hoy era el día en el que iba a matar la curiosidad que me estaba comiendo por dentro, sin dejar ningún rastro de mi prudencia.


Decidido, deslicé mis dedos rodeando el pomo de la ventana y tiré, dejando entrar un atisbo de luz y una ligera brisa matutina, con la que llené mis pulmones al inspirar profundamente. Tomé las improvisadas, pero efectivas armas que había fabricado con utensilios que había estado reuniendo y me aventuré a saltar a esa calle, que nadie había pisado en meses. En definitiva, me estaba volviendo loco… pero, ya no tenía nada que perder. 


HORAS MÁS TARDE… 


Estaba teniendo suerte, o mejor dicho; no. La luz de mi linterna bañaba las desiertas calles que recorría, ansiando poder encontrarme con alguien y arrancarme de una vez por todas ese incansable sentimiento de soledad y la descabellada idea que comenzaba a bullir de mi subconsciente de ser la última persona en la faz de la Tierra. “No, definitivamente; no. ¡Eso es imposible!” Me aferraba a esas palabras para combatir con todas esas fuerzas que se negaban a seguir y me tentaban a dejar mi vida atrás y acabar con esta locura.


Pequeños flashbacks de los últimos acontecimientos desencadenados en pocas horas se agolpaban violentamente en mi exhausta mente. Éstos, englobaban gente muriendo en las calles y personas agonizantes en sus casas, sin los recursos básicos necesarios para sobrevivir, ya que si salías fuera, probablemente no volvieras nunca. Nadie sabía por qué, ni quién o qué estaba llevando a cabo esta masacre descontrolada. 

Dejé escapar una risilla histérica al recordar todas las severas restricciones impuestas al comienzo de todo este caos, que me estaba llevando por delante, solo por “investigar” sin la protección adecuada del exterior, ¿¡en qué estaba pensando!?


Un estruendo atronador, seguido de un gruñido sordo, me hicieron escapar bruscamente de mi tediosa reflexión y detener repentinamente el paso. Estaba inmóvil, sentía el cosquilleo de las gotas de sudor corriendo por mi frente y palpaba instintivamente el desgarrado bolsillo en el que portaba la pequeña navaja buscando seguridad. Me ahogaba en el denso silencio que sucumbió la estancia, como si el tiempo se hubiera congelado por segundos.


De repente, el escaparate de una tienda a mi derecha, estalló en mil pedacitos de vidrio que se clavaron en mi brazo y una fuerza impulsiva me arrastró hacia el suelo de la calle, arrancándome la linterna de mi mano y sucumbiéndonos en la mismísima oscuridad. 

Notaba como aquel ser ejercía una presión inimaginable sobre mi cuerpo, inmovilizándome completamente. 


“No quiero morir, hoy no, por favor” Era el único enunciado que ocupaba mi mente. Forcejeé y me retorcí, esperando lo peor. Sin esperanza alguna, noté el tacto metálico y gélido del filo de aquel objeto y, sin dudarlo dos veces, lo extraje y asesté dos puñaladas rápidas y certeras, una en el hombro y otra en el muslo de ese engendro.  Me deshice de aquella prisión física sujetándome el hinchado y magullado brazo derecho con la mochila a modo de cabestrillo improvisado mientras sacaba aquel pequeño cuchillo al que había confiado mi vida.


Me incorporé con una expresión tosca e impenetrable en mi rostro y, esclarecido únicamente por la la nítida luz del cielo estrellado, levanté lentamente la pierna y pisé el cráneo de aquel ser en una explosión que tiñó el suelo de un rojo intenso, mientras se intentaba arrastrar miserablemente hacia mí. 


El vuelco que dio mi estómago hizo relucir mi verdadera mirada y regurgité todo lo que tenía en el interior al observar aquella escena tan grotesca, que parecía sacada de una completa masacre.


Por un instante, no pude evitar temerme a mí mismo, en lo que me había convertido, en el animal salvaje que había resurgido de la oscuridad de mis pesadillas y en lo que iba a desencadenar si seguía con todo este caos por mucho tiempo. 


Me abalancé sobre la linterna asestándole repetidos golpes, hasta que pude observar con satisfacción que recuperaba su tintineante llama de esperanza.


En aquel momento, la curiosidad que me había obligado a salir de casa, creció intensamente y me obligó a realizar una de las mayores locuras de mi vida, apuntar a ese bulto en la penumbra.


El aparato iluminó el cuerpo en descomposición de una mujer joven, inmóvil, con las mejillas devoradas por unos incipientes gusanos. Su desgarrada sudadera dejaba entrever una gran herida infectada y carnosa en el abdomen de la que caía un hilo de sangre creando una melodía con un ritmo indefinido cuando las gotas repiqueteaban contra la calzada. Pero, lo que más me perturbó fue su repugnante expresión, a la que le faltaba media mandíbula, dejando al descubierto un gran agujero del que emanaba un líquido blanquecino a borbotones, sin cesar.


Fue la experiencia más aterradora que he tenido hasta ahora… o, al menos, eso es lo que ingenuamente pensaba… No me había planteado lo que podría desencadenar a continuación. 









            CENIZAS EN TUS OJOS Me gustaría describir con palabras lo que me produce tu mirada.

Cuanto más la veo más me desespero, es cierto que anhelo descubrir de que tus ojos están llenos. ¿Qué expresa tu mirada y por qué me deja hipnotizada? Es por ese profundo sentimiento que a veces siento, pero que es arrastrado por el viento cuando creo entenderlo. O es ese color que me inunda sin control, como una marea en plena primavera, la espuma de ese océano que en tus ojos encuentro, me llena por completo. Me aferro a tu mirada pero no encuentro nada, ¿pueden darme alguna pista tus ojos color ceniza? Ese color rojo que noto en tus ojos es señal de que ríos de agua salada han inundado tu mirada. ¿Qué debería hacer ahora, por qué lloras? Como pequeños cristales, tus lágrimas se deslizan, sin ninguna prisa, haciéndome posible algo reflejado en tu vista. Tus ojos intentan liberarse de un peso gigante y me piden ayuda en este instante. ¿Cómo puedo yo ayudarte si no puedo entenderte? Por mucho que pregunte, tu mirada no responde con palabras y como si una capa de hielo los tapara, tus ojos se apagan y me miran sin expresar nada. Volvemos a comenzar desde el principio, sin saber qué es lo que tu mirada me ha dicho. Por lo que no puedo hacer nada, salvo perderme de nuevo en tu mirada. Así que me limitaré a seguir mirándote por otro instante.

          









Aníbal y Roma

Hace muchos siglos, más concretamente en el 218 a.C. se encuentra Aníbal cruzando los Alpes. Aníbal era un general cartaginés que odiaba Roma, por eso se había propuesto conquistarla. Pero esa noche todo era diferente. Mientras los primeros copos de nieve tocan el gélido suelo de los Alpes y la Luna resplandece en la oscuridad, Aníbal se encuentra en medio de un sueño. 

Mientras yo, general Aníbal Barca, contemplaba mi campamento lo miraba con una visión diferente a la de otros días. Había mandado reclutar a todos estos hombres para invadir Roma sin considerar que esta decisión habrá perjudicado a muchas personas y a otras muchas las habrá matado. ¿Pero todo este sacrificio valdrá la pena?¿no sería mejor una alianza con Roma?

Todas estas preguntas sobrevolaban mi cabeza, por eso sopesé todas las opciones, las consulté con mis oficiales de confianza y al fin tomé una decisión. Iba a hablar con Escipión.

- Mensajero, ve al campamento de Escipión y dile que Aníbal quiere negociar. -Le ordené al mensajero nada más tomar la decisión.

-Sí,señor -Me contestó mientras subía al caballo.

El mensajero tardó varios días en contactar con los exploradores para localizar el campamento romano y otros días más para concretar la negociación. Tras unas semanas de espera la reunión tuvo lugar entre los dos campamentos.

-¿Qué quieres, Aníbal?- Preguntó intrigado Escipión al verme.

-Quiero que me lleves ante el senado romano en calidad de embajador cartaginés. -Dije convencido.

-¿Crees que el senado recibirá a un invasor? ¿Y además qué quieres? -Me contestó

-Quiero hacerles una propuesta para que Roma y Cartago se alíen.

Después de eso Escipión mandó mensajeros hacia Roma y con el visto bueno del senado me escoltaron hacia la capital.

Tardaron varias semanas en llevarme, debido al gran despliegue de soldados romanos que había. Cuando llegamos a Roma me quedé muy sorprendido, aquellas construcciones, las vestimentas de los ciudadanos, las calzadas, todo era muy diferente a Cartago.

Al llegar al senado hubo un silencio sepulcral por lo que tuve que romperlo yo:

-Vengo en nombre de para pedir que esta guerra se acabe y Roma se alíe con nosotros.-Anuncié al tomar mi sitio.

-Aníbal por favor déjanos debatir sobre la petición que nos has propuesto.-Me dijo uno de los senadores. Los soldados me llevaron a una habitación en la que esperé durante horas a la decisión del senado.

-Aníbal -Me dijo un senador al entrar por segunda vez. -El senado romano ha decidido que la alianza entre Roma y Cartago será muy beneficiosa para los dos países por lo tanto seremos aliados-. Después de esa declaración me fui a Cartago a comunicarles que Roma había accedido a ser aliados.

Esa alianza hizo muy felices a los dos países. Al poco de ser aliados Roma y Cartago fueron juntos a la conquista de la Galia y los pueblos bárbaros. También se conectaron las calzadas romanas con el territorio cartaginés. Los habitantes de Roma  adoptaron costumbres de Cartago y los cartagineses de los romanos. Los comerciantes cartagineses acudían  a comerciar a Roma y los romanos compartía sus cosechas con sus nuevos aliados. Los nobles del cartagineses pasaron a formar parte del senado y en Cartago la mayoría de los generales eran romanos ...

De repente los gritos despertaron a Aníbal. Los elefantes se descontrolaron y provocaron el caos en el campamento. Cuando Aníbal salió de su cabaña no podía dejar de pensar en aquel sueño tan extraño que había tenido.   










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